La
bossa nova me devuelve a las ocho de la noche y un minuto, de un día entre
semana, en un pueblo de apariencia asiática, costumbres bárbaras y sin embargo,
tan sudaca; al momento inmediatamente después del telediario, en el que de un
segundo a otro, sin anuncios de por medio ni transiciones, empezaba la telenovela
brasileña, con una frase en español neutro que mal traducía un portugués más
rico, o con una canción que recorría de mañana o de noche, Río de Janeiro, tal
vez Sao Paulo. Me regresa a ése momento quedo, natural, apresurado y orgánico,
que únicamente permitía poner a remojo las legumbres secas que aliviarían el
hambre de la jornada siguiente en los campos de arroz. A ése momento que marcaba el final del día y permitía al pueblo entero exhalar, darse un respiro, y lo
recubría de una calma real, reparadora: los perros dejaban de sacudirse dentro
de sus pellejos sembrados de pulgas, los cerdos se acomodaban unos con otros en
la tierra polvorienta y la gente apenas se movía para no sentir en exceso las
superficies irregulares y duras de los muebles que rellenaban sus salas-comedor-cocina-dormitorios.
lunes, 23 de marzo de 2020
jueves, 20 de febrero de 2020
Se deben una oportunidad.
I wanna love you
whilst we both still have flesh upon our bones
Before we both
become extinct
Leftovers
Jarvis Cocker
Se deben una oportunidad. Una salida intempestiva, una reunión de
antiguos alumnos, a la que sus excompañeros no fueron invitados. Perreos, bailes lentos, una salsa e
incluso una bachata en un lugar muy popular, donde no encontrarse con
conocidos. Una comida muy cara en un hotel para funcionarios del régimen,
empresarios y ejecutivos extranjeros. Una escapada a un pueblo refundido del
austro ecuatoriano, donde quererse. Están enamorados el uno del otro. Nadie lo
sabe. Los amigos que tienen en común los vieron tontear por tanto tiempo que
cada broma y cada indirecta, las entendían como tales; nunca creyeron que
hubiera algo más, porque ni él ni ella quisieron aceptarlo. Les parecía algo
natural y les divertía tanto que no se atrevieron a dañarlo con requerimientos
y obligaciones. Inconscientemente. Cuando empezaba a aflorar la idea, después
de una caricia, de un roce inocente que despertaba algo transcurridos
demasiados segundos, cada uno y por su cuenta, se miraba hacia adentro y se
sacudía los sentimientos. Eran amigos, no desde hace mucho tiempo. Al principio
se caían mal, al parecer por ser uno más creído que el otro. Más tarde las horas
de clases y las horas libres los obligaron a tratarse; después, sus caderas y
su cinefilia y literofagia terminaron
por enfrentarlos. Él empezó a reclamarle que arremetiera contra todos de ésa
manera. Nos vas a matar un día, nos vas a mandar a Perú de un caderazo. Y ella cada vez más, le
señalaba lo odioso que resultaba que relacionara todo con libros y películas.
Se hicieron amigos y no era extraño que se reunieran para mantener
conversaciones extensas, que se contaran los amores que sufrían, los que
arrastraban y no dejaban de padecer. Ella no podía deshacerse de un hombre
mayor y él se resistía a olvidar a su última novia, encadenando mientras tanto,
historias imposibles. Sin olvidar. Sin rendirse y dejarse caer en un amor
verdadero, real. Porque no sucedió. Una noche, aburridos de la ciudad y de
escuchar por segunda vez el mismo disco en el coche, ella no tuvo más ideas, más
excusas que evitaran que él le enseñara cine de autor. Con las luces
encendidas, en un ambiente no tan peliculero,
no llegaron al final de Only lovers no sé qué. En algún momento,
en la cama donde habían estado varias veces, los roces de sus brazos al coger
palomitas y el contacto continuo de sus piernas debajo de los jeans, les erizaron la piel y les
encendieron los labios. Sus corazones se enfrentaron por primera
vez. Se sorprendieron sudorosos, en ropa interior. Cuando se disponía a retirarle
el sujetador, él la miró directamente a los ojos y ella se asustó. Ésto no
puede ser. No quiero. No sucedió. Se emborronó
todo. Se quebró todo entre una amistad cómplice y un amor placentero. Les quedó
una amistad ligera, de amigos de secundaria. Se niegan a aceptar que se aman. Ella
ha vuelto a intentar deshacerse de su dependencia adolescente. Él se ha
encerrado en una vida correcta con prometida, casa y perro. Solo para no tener
que reprimir la complicidad que al final de las conversaciones sobre temas
generales, les asalta, los desarma y les obliga a despedirse con apuro, en whatsapp cuando se felicitan por algún
acontecimiento o se piden algún favor, o cuando se encuentran en la calle o en
alguna reunión. Para no enfrentarse al amor que sienten y subraya cualquier
gesto o frase que se dedican. Los churos que te has hecho aceleran más tus
caderas. No te pega nada el combo familiar, señor-no-me-voy-a-casar-nunca-eso-es-muy-de-animales.
lunes, 2 de diciembre de 2019
Debía
ir al pueblo de sus padres, a la única casa que tuvo en su infancia, reconvertida
en una villa con encanto y fácil de rentar, cuya reforma él había pagado
en sus primeros años de profesional y que durante mucho tiempo sus
hermanos le reclamaron.
Lo
había aplazado hasta olvidarlo. Tenía que cumplir con el deber de
la prometida propiedad privada y la plusvalía, y lo que era peor, tenía que
hacerlo obligatoriamente presencial y personal en la administración de un
municipio corrupto incluso en las gestiones más insignificantes.
Aquel
último fin de semana en la casa de sus padres, —la llamaba así, la casa de mis padres, aunque su padre se
la hubiera heredado únicamente a él—, caminando por el corredor azul hasta la
puerta lateral, sonaron los primeros acordes y versos de una canción muy
popular a final de los noventa, que en ésa parte del mundo duraron hasta muy
entrados los dos mil.
Se
escuchaba desde el salón de una casa vecina, para todos los hogares alrededor
de la iglesia: Como
puedes decir que no ha pasado nada y el resto de la letra, a la que se adelantaba
el esposo de su compañera de juegos de la infancia. Después de todo el dolor que causaste en mi corazón. Lo cantaba a
todo pulmón, sudoroso, con la barriga descubierta y la camisetilla colgada de
un hombro, como si lo hiciera por primera vez, como si la estuviera componiendo
en ese momento. Como si le hubieran engañado de esa manera. Sonrió. Le hizo
gracia. Le entristeció. En ese orden. Sonrisa. Gracia. Tristeza. Finalmente le
invadió la nostalgia, que es a lo que le conduce casi todo. Le hizo gracia la
pasión, el sentimiento de intérprete
de vallenatos. Le entristeció darse cuenta de que había perdido eso, de que hacía mucho tiempo se había
ido de allí para siempre. Había perdido el fuego interno que solo enciende el
sol en la costa ecuatoriana, muy cerca de la frontera con Perú, en una especie
de fotosíntesis con la que se sintetiza el carácter apasionado e irresponsable
que se les atribuye a los costeños, a los monos
de esa parte del Pacífico.
De regreso a los Andes, al sistema montañoso que
no recuerda de la escuela, donde vivía, sintió como en su
infancia, el sol intenso de medio día que oscurece la piel, el calor
reconfortante y la humedad no asfixiante, exacta, y volvió a sonar la canción,
ésta vez desde la voz de su hijo, siguiendo el playlist que inconscientemente había programado, rescatándolo de
sus nostalgias, interpelándole, diciéndole que a lo mejor no había perdido
tanto, que no es posible perder tanto.
martes, 13 de agosto de 2019
Barbi Superstar
Tenía los pies diminutos y unos ojos color verde
marihuana. A los catorce su madre le prohibió ser
reina de nada y unos años más tarde, sus primas la acusaron de ser prepago,
cuando la vieron encantando a todo el mundo. En sus quimeras de porcelanosa, conquistaba a Al Pacino. Los del
pueblo, claro, no éramos gran cosa para tremenda mujer.
Si la mayor de don
Vélez hubiera tenido un buen padrino, habría sido actriz, protagonista de
sobremesa, La Caramelo, Corazón salvaje,
supervedette, puta de lujo, modelo,
estrella de culebrón…
Muy pronto los hombres le empezaron a prometer el mejor futuro con sus pupilas hambrientas,
pero ella sabía que enamorarse un poco más de la cuenta era una pésima
inversión.
Debutó una noche,
de la mano de una buena amiga, con un par de camaroneros, a doscientos
kilómetros de casa; y poco a poco, cada vez más, la exigían en las mejores
fiestas. Solo con veinte fiestas como ésa podría haber escapado de su mamá. Todavía la recuerdan los empresarios del austro ecuatoriano y se relamen, suspiran.
Poco antes de que
su novio aniñado le pidiera matrimonio y le prometiera la mejor boda, arrojó la
toalla. El pobre serrano sabía que la vida no le daría otra oportunidad como ésa, enviudó mucho antes del altar, tuvo que olvidarse de ella y pedirles a su
familia y amigos que intentaran lo mismo. Mientras, ella atravesaba el Atlántico
entre funcionarios correístas,
empresarios, buenos vinos y whisky del dutty free; se juraba no volver, no
regresar atrás, conseguir que las miradas de los hombres y el asco que le
provocaban le sirvieran de mucho más.
Al infierno, ya se
sabe, algunas niñas de la costa prefieren ir por atajos, sexo caro, ropa de
marca, cirugías, likes en Facebook e
Instagram, viajes a Estados Unidos y si ceden al romanticismo, Europa.
Hace un par de
años, nos encontramos más o menos por casualidad, en un bar de una capital europea, donde yo planeaba estudiar. Luego de hablar sobre Ecuador y nuestras
familias, de contarnos nuestras vidas, me preguntó por la canción, el poema o
el cuento que prometí dedicarle, cuando yo mismo me creía poeta. Le dije que terminaba tan triste que nunca pude
empezar, que al intentar olvidarla y no recordarla cada fin de semana,
había dejado de creerme escritor, también porque ya nadie me creía.
Lo cierto es que
por esos labios que sabían a mar y a infancia, a descubrimiento del deseo y del
sexo, por ese cuerpo que era un seguro de eternidad, yo habría decepcionado a toda
mi familia. Me habría hecho un escritor ecuatoriano muerto de hambre, profesor
de universidad o secundaria. Nunca los decepcioné. Y mucho menos por amor. He
tenido que complacerlos y conformarme con una vida hasta ahora ejemplar, ordenada
y responsable, y con una profesión lucrativa.
Ahora estoy aquí en
la costa, pasando las horas sin sentido, escribiéndola, intentando cumplir mi
promesa. Echándola de menos e imaginando la vida que podríamos haber tenido.
También pura formalidad, que toda la pasión habría podido borrar.
domingo, 7 de junio de 2015
A veces me despierto en la madrugada o simplemente no atiendo a la película que estoy viendo, o mantengo fija la mirada en la última palabra del renglón que estaba leyendo, o la música suena y termina de evocarte y darle forma a mis pensamientos, y me pregunto: qué tal estás, con quién pasas las mejores horas de tus días tan ocupados, con quién lloras y follas para matar el estrés del trabajo y la total frustración de no hacer algo que te gusta; qué haces cuando te cansas de compartir tus atributos con algún subnormal; si, igual que yo, indiferente a la respiración que acompaña a la mía, miras al techo y recuerdas las conversaciones que solíamos mantener en ésos momentos; si existe alguien ahora mismo a quien le permitas ser tan torpe como yo. Si existe alguien a quien le dedicas las mismas sonrisas, gestos, besos y caricias que a mí. Si todavía debo preocuparme por ti o definitivamente olvidarme de ti. Si puedo olvidarte. Si tú ya me olvidaste.
miércoles, 3 de junio de 2015
Por la abertura.
Soñé que finalmente aceptaba el coche que siempre me quieren obsequiar mis padres y que les convencía de que fuera otro Jeep del 84, destartalado, no el auto de niño bien que ellos proponen siempre. Y que viajábamos por Ecuador hasta Perú. Full música. Deep House. Rock. De carretera. Y toda la música latina que nos hace gracia y saca a flote nuestras infancias más o menos sufridas, de las cuales sin embargo, guardamos algún que otro buen recuerdo.
Soñé que vestías las botas que te regalé por nuestro primer mes —yo, tan olvidadizo y despreocupado siempre— y los jeans rotos y cortos que te encantan. Que encantan. Muy grunge.
Te soñé también, de reojo, por el rabillo del ojo, mientras conducía: sudada, con gotas cayendo por tu escote, acentuando la forma de tus pechos; un tanto sofocada, con los pies apoyados sobre el tablero, mirando cachitos de cielo pasar por la abertura del todoterreno.
Y exactamente cuando te volvías hacía mí, me regalabas una de tus sonrisas, tan dedicadas y sinceras, y te disponías a decirme algo, seguro que eterno, una máxima, más que un Te quiero, muchísimo más trascendental que un siempre, yo me desperté. Extraño. Desilusionado. En la habitación artificial de un hotel. En GKILL city.
lunes, 6 de abril de 2015
Jodido.
De un tiempo a ésta parte, y pese
a su juventud, todos los excesos le están empezando a pasar factura.
Ha perdido la
agudeza visual, casi no ve con el ojo derecho. Si ya de por sí es miope, esto
lo ha terminado de joder. Cuando camina por la calle no reconoce a nadie y ya
no mira en absoluto a las niñas de buen ver, pues poco o nada puede apreciar. Y
además de eso, se ve obligado a girar su torso para conseguir un mejor campo
visual, con lo que también jode su espalda y consigue unos dolores al final del
día, muy incapacitantes. Debido todo ello, casi está seguro de sus cálculos, al
bendito polvo que le echó a una niña pija, tonta, rica, que se tragó su pose de
intelectual, escritor y poeta en ciernes. Porque tiene toda la pinta de una
ETS.
El tabaquismo,
uno de sus tantos excesos, ha alterado su función respiratoria. Sufre una
disnea de medianos esfuerzos que lo amenaza con una insuficiencia cardíaca
añadida a —o consecuencia de— una hipertensión arterial. Como si fuera un
cuarentón, un cincuentón. Jodido. Y no deja de fumar, ni disminuye la dosis de
alquitrán mortal, por mucho que lo piense un domingo sí y otro también, como la
típica promesa de loser. Es un loser.
Concomitante,
el alcoholismo, que no tiene problema en asumir y aceptar frente a sus amigos
—los alcohólicos y no alcohólicos—, está seguro que ha empeorada sus males.
Bebe, en término medio, una vez a la semana, si no es que encadena dos o tres
días de borrachera, resaca y borrachera. Y resaca. Y borrachera. No tiene
inconveniente en aceptar cualquier invitación, sobre todo si se trata de una
reunión bohemia, sin más motivo que beber, principalmente beber y hablar,
compartir y filosofar los asuntos diarios de la vida. Por mucho que éstas
reuniones sucedan en días complicados y ocupados, en horarios bastante
intempestivos, nunca sabe declinar una invitación.
Como en las
peores series y películas, repite a quien pregunta, se escandaliza o
simplemente quiere echar abajo su pose, que en las mañanas no es persona hasta que
bebe una taza de café. Y no deja de cumplir el ritual. Muy pronto, todas los
días en la universidad, no puede saludar muy bien a la gente, ocupadas como
tiene ambas manos: una porque sujeta con cuidado el vaso de plástico que
contiene el café, no tan bueno como le gustaría, y la otra porque sujeta y
lleva el Marlboro rojo a su boca. Buenos días dice o grita para que lo
escuchen. Mantiene el cigarrillo entre sus labios y cambia el vaso a la mano
izquierda, si debe saludar a un hombre. Interrumpe, y esto le jode
especialmente, la calada en curso para poder saludar a una fémina. Apenas
levanta las cejas o mínimamente el vaso de café o el tabaco, si alguien lo
saluda desde lejos. Por lo que muchas veces pasa por un maleducado o amargado
de tener que ir a una muy mala universidad infectada de gente peor.
Siente que
cada uno de sus vicios ha terminado de joderlo, como únicamente puede hacerlo
él. Su familia sospecha e intuye cada uno de sus males, pese a que casi siempre
se esfuerce en guardar las apariencias y seguir pareciendo ése niño bien
educado y buen estudiante que toda la vida fue. Intenta no demostrar frente a
sus padres y a sus hermanos, y a todos aquellos que puedan hacer llegar a oídos
de su familia, lo mal tipo que en verdad es. Y sus posibles conquistas se
asustan, como solo saben hacerlo las niñas bien de las que, para colmo, gusta
el muy capullo. Lo que, siente, le obliga a abandonar al menos uno de sus malos
hábitos. Sin terminar de conseguirlo nunca, por supuesto. Estresándose.
Angustiándose. Frustrándose. Aislándose para poder continuar con sus prácticas
y echar todo por la borda. Él solito.
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