domingo, 5 de julio de 2020

Record del mundial 98




¿Recodará el Mundial del 98? ¿Aquella jornada de fase de grupo calurosa, que invitaba a vestir un pantalón corto y despojarse de la camiseta a la primera oportunidad, como hacían los jugadores en aquel verano europeo?
Me pregunto si se acordará de esa hora canicular, de las gotas resbalando por la jarra, en la que se resistía a evaporar el jugo de maracuyá que su esposa había preparado con las frutas que crecían en el patio de la casa, donde también habían crecido todos los hombres de la familia y en la que viví de manera intermitente durante los últimos años de mi infancia.
Si le digo ¿Qué fue?, exagerando nuestro acento costeño, ¿inmediatamente reconocerá a aquél niño huérfano que durante mucho tiempo él y sus hermanos se turnaron en criar, con más o menos acierto, hasta que fue rescatado y adoptado por el cine y la literatura? ¿O me confundirá con su hermano menor, al que no pudieron salvar?
Y si le pregunto por el primer mundial al que clasificamos, ¿me reclamará la colección de vasos que me encargó completar cuando el feriado bancario de hace cuatro décadas lo obligó a renunciar a su plaza de docente y hacer el camino de vuelta hasta el país que su bisabuela había abandonado?


Durante años se habían seguido a distancia. Por medio de familiares, se enteraban de las idas y vueltas de cada uno. No habían perdido las oportunidades de reunirse dos ocasiones por cada orilla del Atlántico. Recuerdan aquella vez en la que la desgracia empezó a ensañarse con la familia y enterraron a un familiar luego de que padeciera la forma más grave de la tristeza. Y hasta que la memoria no lo traicionara, y cada vez que le preguntaban, relataba la ceremonia de graduación a la que asistió como único familiar de un sudamericano. Nunca les hicieron falta demasiadas atenciones, felicitaciones de fiestas y cumpleaños. Alguna llamada y los sinceros buenos deseos les parecían suficientes.


No sé qué veré en sus ojos. Si esa mirada triste, melancólica, que arrastra un cuerpo enjuto con un andar silencioso. Si la desgracia final de una familia siempre venida a menos que aún se resiste a desaparecer por completo y maldice a unos pocos con un apellido que tanto pesa llevar a cuestas y del que es difícil deshacerse. O una pizca de luz, una pequeña estrella fugaz al fondo de sus ojos marrones, al reconocer un acento, tal vez un poco impostado, que me niego a perder y juro trasmitiré a un posible hijo.


Él se lo había notado en la última reunión multitudinaria de la familia. Lo había atribuido al carácter nostálgico y depresivo de los hombres que comparten su apellido. No le había dado demasiada importancia. Le había recomendado un calmante de herboristería que a él solía ayudarle y lo había animado a no abandonar la reunión y tratar de disfrutar de la comida, los familiares y los amigos que abarrotaban el segundo piso de la casa de los abuelos. Le pareció que tenía todo el derecho de sentirse derrotado, si los recuerdos lo atacaban por el flanco más débil y lo hacían desfallecer. Le pareció que no era tan raro encontrar a un tipo de sesenta y siete años sentado al borde de la cama, sujetándose la cara, incapaz de contener los estertores que amenazaban con un llanto incontrolable e inexplicable.


Su piel cobriza debe resaltar tanto entre los demás residentes. Esa piel marrón, apergaminada, como las páginas de los libros que utilizaba para dar clases en La Victoria. Nunca fuimos a ese pueblo, pese a que no habían más de cincuenta kilómetros hasta allí. Ahora podría ir y no perderme. Podría ir durante las fiestas patronales y preguntar por los apellidos que leíamos en los exámenes que corregía después de la siesta, antes de salir a charlar con sus amigos del barrio, reunidos alrededor de un puesto informal de carne. Solo me haría falta esforzarme por recordar los detalles, los incidentes, las buenas nuevas y las malas, que nos contaba de pasada, mientras almorzaba y veía el inicio de la telenovela en TeleSistema. Tengo la esperanza de que  si le recuerdo alguna anécdota de sus treinta años de docente, me cuente alguna más y sonría. Y me reconozca.

viernes, 1 de mayo de 2020

Influencer de cantón




Quiere alguien que lo arriesgue y lo de todo por ella. Alguien que exista solo para ella. Que le prometa y sobre todo le cumpla. Un hombre con apariencia de niño: blanco, delgado, fibroso, que acabe de estrenarse en su profesión con algo de éxito; con carácter y casi lo mismo de empatía, con un poco menos de humildad y algo de pretensión, que sea un poco presumido, lo justo, de exactamente veintimuchos.

Imagina alguien que conserve la capacidad de ilusionarse, de soñar, de creer real el futuro que asegura un beso reciente, una primera noche en apariencia improvisada, espontánea, y en realidad preparada por ella. Un hombrecillo que pase los dedos por la huella de la cesárea y en un primer momento no lo asocie con un hijo, con una relación fallida, con un desengaño, con demasiados errores consecutivos. Tan ilusionado que obvie sus cicatrices, su desconfianza, que no le dé motivo para tal, y que no les preste atención. Alguien con una pizca de inocencia con quien volver a sorprenderse y enamorarse.

En su prolongada búsqueda, no ha perdido la esperanza, está segura de que hay alguien esperándola. No se rinde pese a encadenar hasta el momento, hasta el tercer curso de primaria de su hijo, más de un adolescente, multitud de inmaduros, que su madre en cuanto puede, luego de recriminarle que aún viva en casa y sea incapaz de mantener a su hijo, enumera con decepción. Ni si quiera se lo ha pasado bien. Lo ha dado todo, literalmente se ha dejado la piel, y solo en contadas ocasiones ha sido seducida de manera meticulosa y muy pocas veces retribuida. Le cuesta recordar el último orgasmo, la última noche real. Si atiende a éste resumen, casi pierde la esperanza, se suma toda la decepción de repente y se resbalan un par de lágrimas hasta su celular. Hace scrollking por Facebook e Instragram y postea para enjugar las penas con likes y comentarios que describen su cabellera negra, su sonrisa blanquísima de marfil, su cuerpo menudo y curvilíneo.

A sus treinta y pocos que parecen treinta cinco, se ha convertido en una pequeña celebridad local de Internet, un tanto patética, de inspiradora vergüenza ajena y a ratos sensual, que los centennials del cantón suelen reconocer. Se apunta a todos los challenges. Cada setenta y dos horas, sube una foto de cuerpo entero, haciendo posturitas y morritos, con muy poca ropa, estirando más sus largas piernas, para terminar de convencer a los seguidores. Se maquilla. Canta. Baila. Tiene perfiles en todas las redes sociales. Cree que le faltan unos pocos seguidores y solo un sponsor para ser una influencer.

Sus familiares, sus tías, no la han dado por caso perdido, rezan para que un hombre de verdad se case con ella, aunque en las reuniones familiares la señalan como un mal ejemplo, como todo lo que no se debe hacer, sin darle oportunidades con los hijos de sus conocidos, muchas veces renegando de que forme parte de la familia. Sus padres, igual, tan machistas como se puede ser en ésta esquinita de Sudamérica, aseguran que se han resignado, pero en el fondo no dejan de albergar esperanzas de llevarla al altar o como mínimo al juzgado. Como dice ella, irónica, desde los veinticinco, se ha convertido en una oveja negra, y no por el color de su piel. Una oveja negra que solo quiere que la quieran como ella quiere.

lunes, 23 de marzo de 2020

Texto corto sobre la tierra.




La bossa nova me devuelve a las ocho de la noche y un minuto, de un día entre semana, en un pueblo de apariencia asiática, costumbres bárbaras y sin embargo, tan sudaca; al momento inmediatamente después del telediario, en el que de un segundo a otro, sin anuncios de por medio ni transiciones, empezaba la telenovela brasileña, con una frase en español neutro que mal traducía un portugués más rico, o con una canción que recorría de mañana o de noche, Río de Janeiro, tal vez Sao Paulo. Me regresa a ése momento quedo, natural, apresurado y orgánico, que únicamente permitía poner a remojo las legumbres secas que aliviarían el hambre de la jornada siguiente en los campos de arroz. A ése momento que marcaba el final del día y permitía al pueblo entero exhalar, darse un respiro, y lo recubría de una calma real, reparadora: los perros dejaban de sacudirse dentro de sus pellejos sembrados de pulgas, los cerdos se acomodaban unos con otros en la tierra polvorienta y la gente apenas se movía para no sentir en exceso las superficies irregulares y duras de los muebles que rellenaban sus salas-comedor-cocina-dormitorios.

jueves, 20 de febrero de 2020

Se deben una oportunidad.

I wanna love you whilst we both still have flesh upon our bones
Before we both become extinct

Leftovers
Jarvis Cocker


Se deben una oportunidad. Una salida intempestiva, una reunión de antiguos alumnos, a la que sus excompañeros no fueron invitados. Perreos, bailes lentos, una salsa e incluso una bachata en un lugar muy popular, donde no encontrarse con conocidos. Una comida muy cara en un hotel para funcionarios del régimen, empresarios y ejecutivos extranjeros. Una escapada a un pueblo refundido del austro ecuatoriano, donde quererse. Están enamorados el uno del otro. Nadie lo sabe. Los amigos que tienen en común los vieron tontear por tanto tiempo que cada broma y cada indirecta, las entendían como tales; nunca creyeron que hubiera algo más, porque ni él ni ella quisieron aceptarlo. Les parecía algo natural y les divertía tanto que no se atrevieron a dañarlo con requerimientos y obligaciones. Inconscientemente. Cuando empezaba a aflorar la idea, después de una caricia, de un roce inocente que despertaba algo transcurridos demasiados segundos, cada uno y por su cuenta, se miraba hacia adentro y se sacudía los sentimientos. Eran amigos, no desde hace mucho tiempo. Al principio se caían mal, al parecer por ser uno más creído que el otro. Más tarde las horas de clases y las horas libres los obligaron a tratarse; después, sus caderas y su cinefilia y literofagia terminaron por enfrentarlos. Él empezó a reclamarle que arremetiera contra todos de ésa manera. Nos vas a matar un día, nos vas a mandar a Perú de un caderazo. Y ella cada vez más, le señalaba lo odioso que resultaba que relacionara todo con libros y películas. Se hicieron amigos y no era extraño que se reunieran para mantener conversaciones extensas, que se contaran los amores que sufrían, los que arrastraban y no dejaban de padecer. Ella no podía deshacerse de un hombre mayor y él se resistía a olvidar a su última novia, encadenando mientras tanto, historias imposibles. Sin olvidar. Sin rendirse y dejarse caer en un amor verdadero, real. Porque no sucedió. Una noche, aburridos de la ciudad y de escuchar por segunda vez el mismo disco en el coche, ella no tuvo más ideas, más excusas que evitaran que él le enseñara cine de autor. Con las luces encendidas, en un ambiente no tan peliculero, no llegaron al final de Only lovers no sé qué. En algún momento, en la cama donde habían estado varias veces, los roces de sus brazos al coger palomitas y el contacto continuo de sus piernas debajo de los jeans, les erizaron la piel y les encendieron los labios. Sus corazones se enfrentaron por primera vez. Se sorprendieron sudorosos, en ropa interior. Cuando se disponía a retirarle el sujetador, él la miró directamente a los ojos y ella se asustó. Ésto no puede ser. No quiero. No sucedió. Se emborronó todo. Se quebró todo entre una amistad cómplice y un amor placentero. Les quedó una amistad ligera, de amigos de secundaria. Se niegan a aceptar que se aman. Ella ha vuelto a intentar deshacerse de su dependencia adolescente. Él se ha encerrado en una vida correcta con prometida, casa y perro. Solo para no tener que reprimir la complicidad que al final de las conversaciones sobre temas generales, les asalta, los desarma y les obliga a despedirse con apuro, en whatsapp cuando se felicitan por algún acontecimiento o se piden algún favor, o cuando se encuentran en la calle o en alguna reunión. Para no enfrentarse al amor que sienten y subraya cualquier gesto o frase que se dedican. Los churos que te has hecho aceleran más tus caderas. No te pega nada el combo familiar, señor-no-me-voy-a-casar-nunca-eso-es-muy-de-animales.

lunes, 2 de diciembre de 2019




Debía ir al pueblo de sus padres, a la única casa que tuvo en su infancia, reconvertida en una villa con encanto y fácil de rentar, cuya reforma él había pagado en sus primeros años de profesional y que durante mucho tiempo sus hermanos le reclamaron.

Lo había aplazado hasta olvidarlo. Tenía que cumplir con el deber de la prometida propiedad privada y la plusvalía, y lo que era peor, tenía que hacerlo obligatoriamente presencial y personal en la administración de un municipio corrupto incluso en las gestiones más insignificantes.

Aquel último fin de semana en la casa de sus padres, —la llamaba así, la casa de mis padres, aunque su padre se la hubiera heredado únicamente a él—, caminando por el corredor azul hasta la puerta lateral, sonaron los primeros acordes y versos de una canción muy popular a final de los noventa, que en ésa parte del mundo duraron hasta muy entrados los dos mil.

Se escuchaba desde el salón de una casa vecina, para todos los hogares alrededor de la iglesia: Como puedes decir que no ha pasado nada y el resto de la letra, a la que se adelantaba el esposo de su compañera de juegos de la infancia. Después de todo el dolor que causaste en mi corazón. Lo cantaba a todo pulmón, sudoroso, con la barriga descubierta y la camisetilla colgada de un hombro, como si lo hiciera por primera vez, como si la estuviera componiendo en ese momento. Como si le hubieran engañado de esa manera. Sonrió. Le hizo gracia. Le entristeció. En ese orden. Sonrisa. Gracia. Tristeza. Finalmente le invadió la nostalgia, que es a lo que le conduce casi todo. Le hizo gracia la pasión, el sentimiento de intérprete de vallenatos. Le entristeció darse cuenta de que había perdido eso, de que hacía mucho tiempo se había ido de allí para siempre. Había perdido el fuego interno que solo enciende el sol en la costa ecuatoriana, muy cerca de la frontera con Perú, en una especie de fotosíntesis con la que se sintetiza el carácter apasionado e irresponsable que se les atribuye a los costeños, a los monos de esa parte del Pacífico.

De regreso a los Andes, al sistema montañoso que no recuerda de la escuela, donde vivía, sintió como en su infancia, el sol intenso de medio día que oscurece la piel, el calor reconfortante y la humedad no asfixiante, exacta, y volvió a sonar la canción, ésta vez desde la voz de su hijo, siguiendo el playlist que inconscientemente había programado, rescatándolo de sus nostalgias, interpelándole, diciéndole que a lo mejor no había perdido tanto, que no es posible perder tanto.

martes, 13 de agosto de 2019

Barbi Superstar



Tenía los pies diminutos y unos ojos color verde marihuana. A los catorce su madre le prohibió ser reina de nada y unos años más tarde, sus primas la acusaron de ser prepago, cuando la vieron encantando a todo el mundo. En sus quimeras de porcelanosa, conquistaba a Al Pacino. Los del pueblo, claro, no éramos gran cosa para tremenda mujer.

Si la mayor de don Vélez hubiera tenido un buen padrino, habría sido actriz, protagonista de sobremesa, La Caramelo, Corazón salvaje, supervedette, puta de lujo, modelo, estrella de culebrón…

Muy pronto los hombres le empezaron a prometer el mejor futuro con sus pupilas hambrientas, pero ella sabía que enamorarse un poco más de la cuenta era una pésima inversión.

Debutó una noche, de la mano de una buena amiga, con un par de camaroneros, a doscientos kilómetros de casa; y poco a poco, cada vez más, la exigían en las mejores fiestas. Solo con veinte fiestas como ésa podría haber escapado de su mamá. Todavía la recuerdan los empresarios del austro ecuatoriano y se relamen, suspiran. 

Poco antes de que su novio aniñado le pidiera matrimonio y le prometiera la mejor boda, arrojó la toalla. El pobre serrano sabía que la vida no le daría otra oportunidad como ésa, enviudó mucho antes del altar, tuvo que olvidarse de ella y pedirles a su familia y amigos que intentaran lo mismo. Mientras, ella atravesaba el Atlántico entre funcionarios correístas, empresarios, buenos vinos y whisky del dutty free; se juraba no volver, no regresar atrás, conseguir que las miradas de los hombres y el asco que le provocaban le sirvieran de mucho más.

Al infierno, ya se sabe, algunas niñas de la costa prefieren ir por atajos, sexo caro, ropa de marca, cirugías, likes en Facebook e Instagram, viajes a Estados Unidos y si ceden al romanticismo, Europa.

Hace un par de años, nos encontramos más o menos por casualidad, en un bar de una capital europea, donde yo planeaba estudiar. Luego de hablar sobre Ecuador y nuestras familias, de contarnos nuestras vidas, me preguntó por la canción, el poema o el cuento que prometí dedicarle, cuando yo mismo me creía poeta. Le dije que terminaba tan triste que nunca  pude empezar, que al intentar olvidarla y no recordarla cada fin de semana, había dejado de creerme escritor, también porque ya nadie me creía.

Lo cierto es que por esos labios que sabían a mar y a infancia, a descubrimiento del deseo y del sexo, por ese cuerpo que era un seguro de eternidad, yo habría decepcionado a toda mi familia. Me habría hecho un escritor ecuatoriano muerto de hambre, profesor de universidad o secundaria. Nunca los decepcioné. Y mucho menos por amor. He tenido que complacerlos y conformarme con una vida hasta ahora ejemplar, ordenada y responsable, y con una profesión lucrativa.

Ahora estoy aquí en la costa, pasando las horas sin sentido, escribiéndola, intentando cumplir mi promesa. Echándola de menos e imaginando la vida que podríamos haber tenido. También pura formalidad, que toda la pasión habría podido borrar.

domingo, 7 de junio de 2015



A veces me despierto en la madrugada o simplemente no atiendo a la película que estoy viendo, o mantengo fija la mirada en la última palabra del renglón que estaba leyendo, o la música suena y termina de evocarte y darle forma a mis pensamientos, y me pregunto: qué tal estás, con quién pasas las mejores horas de tus días tan ocupados, con quién lloras y follas para matar el estrés del trabajo y la total frustración de no hacer algo que te gusta; qué haces cuando te cansas de compartir tus atributos con algún subnormal; si, igual que yo, indiferente a la respiración que acompaña a la mía, miras al techo y recuerdas las conversaciones que solíamos mantener en ésos momentos; si existe alguien ahora mismo a quien le permitas ser tan torpe como yo. Si existe alguien a quien le dedicas las mismas sonrisas, gestos, besos y caricias que a mí. Si todavía debo preocuparme por ti o definitivamente olvidarme de ti. Si puedo olvidarte. Si tú ya me olvidaste.

miércoles, 3 de junio de 2015

Por la abertura.



Soñé que finalmente aceptaba el coche que siempre me quieren obsequiar mis padres y que les convencía de que fuera otro Jeep del 84, destartalado, no el auto de niño bien que ellos proponen siempre. Y que viajábamos por Ecuador hasta Perú. Full música. Deep House. Rock. De carretera. Y toda la música latina que nos hace gracia y saca a flote nuestras infancias más o menos sufridas, de las cuales sin embargo, guardamos algún que otro buen recuerdo.

Soñé que vestías las botas que te regalé por nuestro primer mes —yo, tan olvidadizo y despreocupado siempre— y los jeans rotos y cortos que te encantan. Que encantan. Muy grunge.

Te soñé también, de reojo, por el rabillo del ojo, mientras conducía: sudada, con gotas cayendo por tu escote, acentuando la forma de tus pechos; un tanto sofocada, con los pies apoyados sobre el tablero, mirando cachitos de cielo pasar por la abertura del todoterreno.

Y exactamente cuando te volvías hacía mí, me regalabas una de tus sonrisas, tan dedicadas y sinceras, y te disponías a decirme algo, seguro que eterno, una máxima, más que un Te quiero, muchísimo más trascendental que un siempre, yo me desperté. Extraño. Desilusionado. En la habitación artificial de un hotel. En GKILL city.

lunes, 6 de abril de 2015

Jodido.


De un tiempo a ésta parte, y pese a su juventud, todos los excesos le están empezando a pasar factura.

Ha perdido la agudeza visual, casi no ve con el ojo derecho. Si ya de por sí es miope, esto lo ha terminado de joder. Cuando camina por la calle no reconoce a nadie y ya no mira en absoluto a las niñas de buen ver, pues poco o nada puede apreciar. Y además de eso, se ve obligado a girar su torso para conseguir un mejor campo visual, con lo que también jode su espalda y consigue unos dolores al final del día, muy incapacitantes. Debido todo ello, casi está seguro de sus cálculos, al bendito polvo que le echó a una niña pija, tonta, rica, que se tragó su pose de intelectual, escritor y poeta en ciernes. Porque tiene toda la pinta de una ETS.

El tabaquismo, uno de sus tantos excesos, ha alterado su función respiratoria. Sufre una disnea de medianos esfuerzos que lo amenaza con una insuficiencia cardíaca añadida a —o consecuencia de— una hipertensión arterial. Como si fuera un cuarentón, un cincuentón. Jodido. Y no deja de fumar, ni disminuye la dosis de alquitrán mortal, por mucho que lo piense un domingo sí y otro también, como la típica promesa de loser. Es un loser.

Concomitante, el alcoholismo, que no tiene problema en asumir y aceptar frente a sus amigos —los alcohólicos y no alcohólicos—, está seguro que ha empeorada sus males. Bebe, en término medio, una vez a la semana, si no es que encadena dos o tres días de borrachera, resaca y borrachera. Y resaca. Y borrachera. No tiene inconveniente en aceptar cualquier invitación, sobre todo si se trata de una reunión bohemia, sin más motivo que beber, principalmente beber y hablar, compartir y filosofar los asuntos diarios de la vida. Por mucho que éstas reuniones sucedan en días complicados y ocupados, en horarios bastante intempestivos, nunca sabe declinar una invitación.

Como en las peores series y películas, repite a quien pregunta, se escandaliza o simplemente quiere echar abajo su pose, que en las mañanas no es persona hasta que bebe una taza de café. Y no deja de cumplir el ritual. Muy pronto, todas los días en la universidad, no puede saludar muy bien a la gente, ocupadas como tiene ambas manos: una porque sujeta con cuidado el vaso de plástico que contiene el café, no tan bueno como le gustaría, y la otra porque sujeta y lleva el Marlboro rojo a su boca. Buenos días dice o grita para que lo escuchen. Mantiene el cigarrillo entre sus labios y cambia el vaso a la mano izquierda, si debe saludar a un hombre. Interrumpe, y esto le jode especialmente, la calada en curso para poder saludar a una fémina. Apenas levanta las cejas o mínimamente el vaso de café o el tabaco, si alguien lo saluda desde lejos. Por lo que muchas veces pasa por un maleducado o amargado de tener que ir a una muy mala universidad infectada de gente peor.

Siente que cada uno de sus vicios ha terminado de joderlo, como únicamente puede hacerlo él. Su familia sospecha e intuye cada uno de sus males, pese a que casi siempre se esfuerce en guardar las apariencias y seguir pareciendo ése niño bien educado y buen estudiante que toda la vida fue. Intenta no demostrar frente a sus padres y a sus hermanos, y a todos aquellos que puedan hacer llegar a oídos de su familia, lo mal tipo que en verdad es. Y sus posibles conquistas se asustan, como solo saben hacerlo las niñas bien de las que, para colmo, gusta el muy capullo. Lo que, siente, le obliga a abandonar al menos uno de sus malos hábitos. Sin terminar de conseguirlo nunca, por supuesto. Estresándose. Angustiándose. Frustrándose. Aislándose para poder continuar con sus prácticas y echar todo por la borda. Él solito.

viernes, 27 de febrero de 2015

¿Y tú por qué me gustas?



¿Y tú por qué me gustas? Quiero saber, averiguar las razones, cada detalle que hace que me fije en ti. Y más o menos lo intuyo.
No puedo apartar la mirada si mis ojos encuentran tu figura en la realidad cotidiana, hasta que me respondes con una mirada, que no sé cómo interpretar. A veces pareces encantada de mi admiración y otras, las más desconcertantes, creo verte casi enfadada, molesta, incómoda. Y eso no parece importarle a mi instinto, que siempre te busca. Y te encuentra.
En FB —cada vez más importante, sino esencial, para éstas preocupaciones— quiero evitar visitar tu perfil, fijarme en tus actividades: qué frases te emocionan, con quién te haces fotos, qué palabras llaman tu atención y, un tanto stalker, cada Me gusta que te dedican, cada comentario que hacen a tus publicaciones, ¡a tus fotos! Tengo la necesidad —no es simple curiosidad— de averiguar quién ése cabrón que le da Me gusta y que comenta tus estados y tus fotos, que comparte las imágenes con textos positivos que tú publicas. Quiero saber cómo es, si realmente representa una amenaza. Si de verdad tiene sentido ésta angustia que me ataca.
Tus amigos ya no tienen más detalles con los que distraer mi interés por ti; incluso algunos, ya hartos, me animan a hablar contigo, demostrar mis intenciones y empezar a construir algo entre tú y yo. Y la parte que solo te conoce, se extraña de la curiosidad que no puedo disimular, de las caras totalmente expresivas o de lo desinteresado que quiero parecer cuando hablan de ti, cuando de pura casualidad te nombran.
Y así te voy construyendo dentro de mi cabeza, detalle a detalle y a base de miedo, inseguridad y timidez. Porque simplemente no puedo acercarme a ti y preguntártelo directamente. ¿Y tú por qué diablos me gustas?

miércoles, 18 de febrero de 2015

Cuando tengas treinta.



Así te imagino cuando te aproximes a los treinta. Aniñada. Súper pija. Muy risueña. Todavía rica, con tu cuerpo de herencia mulata. De pompismis pompis como solías llamarlas—, latinas, no muy exageradas, perfectas. Sonrisa amplia y fácil. Labios gordos y carnosos, mulatos y sensuales. Características físicas a las que el tiempo habrá restado juventud, pero no inmortalidad.
Te imagino exagerada, sin poder modular muy bien tu voz demasiado aguda, que te hará parecer dramática (preocupada) y enervará al personal; lo que sin duda, como ahora, intentarás contrarrestar con tu muy buena educación, con tus buenas maneras y la predisposición dulce para ayudar a la gente y resaltar sus virtudes físicas —eres tan física, pues.
Creo verte vestida siempre tan adecuada y oportuna y correcta. La mejor en la playa. La mejor en el trabajo de oficina. La mejor en las diligencias, en los bancos. La mejor en casa, en la cama. Siempre muy sensual, exagerada o sutil.
No tendrás hijos, estoy seguro. Te hará compañía uno o quizás dos perros. De pedigrí, por supuesto. De esas razas pequeñas a las que las mujeres cuidan como un peluche de la infancia y la adolescencia.
La gente te seguirá admirando. Te envidiarán también, por qué no. No se imaginarán ninguna cicatriz en el alma y en el corazón, ningún sábado de desencanto y vómito. Te creerán de manera equivocada, en parte.
Y yo, muy bien, me podría imaginar contigo, menos próximo a los treinta. Como éste man que acompaña a la tía ésta que no dejo de mirar. Que me recuerda a ti. Que me hace pensarte. En un barco de recreo, de vuelta al continente, luego de unos días de soledad, películas y textos en un isla del Pacífico ecuatoriano.

Como ella te imagino, con una mirada y una sonrisa dedicadas.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Mientras Ella lo sujeta por la corbata.



Y mientras Ella lo sujeta por la corbata y lo besa con fuerza, mordiéndole los labios, Él no se explica cómo se dejó convencer para vestir éste traje horrible e incómodo, y asistir a una boda. Con lo que odia los trajes, y sobre todo tragarse una boda entera. La espera en la Iglesia y el paseíto de la novia hasta el altar. La ceremonia y los votos. El arroz y los buenos deseos. El banquete y el guateque.

*

Él es consciente de que ha bebido tanto como para aguantar toda la noche y cobrarse una buena recompensa, y Ella también. Con una mano se mantiene asida de la corbata y la otra la deja libre sobre el bulto apretado que ha formado el pantalón. Continúa besándolo de manera agitada, acelerando las respiraciones de ambos, tanto que obligan al taxista a lanzar una mirada por el retrovisor y a carraspear para interrumpirlos. Inmediatamente se separa de sus labios y le ajusta el nudo de la corbata y la chaqueta del traje.

 *

Ella le arrebata las llaves y sube las escaleras hasta el departamento. Luciendo sus piernas tersas. Levantando mínimamente sus pompis y descubriendo un culotte de color negro. Él la atropella, la empuja con fuerza contra la puerta, antes de que termine de introducir la llave en la cerradura. Y Ella se deja hacer. Van a saltar los botones de la cremallera. Contra el cuerpo de Ella.

*

Él estira el brazo para cortar la enésima llamada insistente de su madre, y la despierta. Ella le da el último mordisco alrededor del pezón izquierdo con el que termina de marcar todo su pecho. Son las once menos cuarto. Pronto te empezaran a buscar. Creo que a ti primero le replica Ella, contestando el celular y colocándolo en la oreja del hijo desconsiderado.

Vale, que sí. Ya voy al banco. No lo olvidaré. Depositar trescientos en la cuenta del Pichincha y enviarte el cheque. Sí, ya salgo ahora le responde a su madre, bastante estresado, a la vez que Ella juega, primero con sus manos y luego con su boca.

¡¿Que?! ¡No! Yo quiero más. Mi madre me ha estresado muchísimo.
—No. Si le has dicho que ya vas es porque ya vas. A lo mejor después nos da tiempo a desayunar en un Tutto.
*

Llegan a casa y Ella tiene preparado un vídeo con las palabras de un juez de matrimonios. Todo, con las pausas del juez para esperar los sí quiero. Después, al final del polvo que sella su compromiso, Él, mirando hacia el techo cae en que su pausa fue un poco más extensa y eso le inquieta. Se gira y antes de que pueda decir nada, Ella despeja sus dudas con un beso.

lunes, 2 de febrero de 2015

Un puto zombie.


Cuál es mi parte, si no estás tú. ¿Con qué parte de mi cabeza me quedo yo? ¿Con qué parte de mi corazón, —por muy cursi que te suene, ahora que no te importo—, me quedo yo? Pareceré un zombie a partir de ahora, caminando por ahí, yendo a fiestas, tan solo con una mitad de mi cuerpo. ¿Cuál vas a dejar conmigo?

    ¿Quién me hará ver las películas más insustanciales, cuando quiera parecer pretencioso? ¿Quién intentará hacerme ese latino, pijo —aniñado—, que debería ser? ¿Quién me ayudará a sobrellevar mejor la vida en la Tierra, rodeado de gente? ¿Quién diablos interrumpirá mi lectura insomne con un polvo de antología? ¿Quién se hartará de decirme que me compre un smartphone para poder comunicarse conmigo a todas horas? ¿A quién obligaré a llamarme, enviarme SMSs y ser tan analógica todavía?

   ¿Me vas a recordar? Eso sería una pequeña victoria. La derrota total es ir a clases y vivir domingos sin tu inspiración. ¿Le contarás a alguien, alguna vez, algún día, que tuviste un novio cultureta, de gustos raros, medio majareta? ¿Realmente fuimos novios? ¡¿Qué puctas fuimos?!


Nos vamos a matar, nena, eso está claro. No quedará nada de lo que fuimos alguna vez. Nada.

lunes, 26 de enero de 2015

Es una cuencana hermosa.



Te atrapa entre párpado y párpado, no puedes dejar de mirarla. Es guapa, dulce y perfecta. No presenta ningún rasgo físico ni en su carácter que te desagrade. Te gusta, no lo puedes negar.

No terminas de explicarte la ceguera emocional que ha impedido fijarte en Ella durante todo el tiempo que la conoces, hasta ahora. Acabas, recién, de darte cuenta de cuánto te atrae, de todos esos detalles que descubres únicos y especiales entre la multitud.

La vez caminar y admiras su cuerpo al completo: justo, preciso, sin exageración. La altura que no te impedirá —imaginas, cuando lo consigas—, besarla y amarla correctamente; y sus formas redondeadas que no se ven muy a menudo en sus coterráneas y que tampoco rayan el exceso como sucede en sus similares de la costa ecuatoriana. Es una cuencana hermosa.

Siempre supiste que era dulce y atenta, pero recién ahora caes en cuenta de todas aquellas veces que lo fue contigo de manera especial, y más, justo ahora, capta tu atención su personalidad tan encantadora. Tan cegato y estúpido eras —eres.

La amas desde ya, porque no quieres perder el tiempo que te costaría amarla.

domingo, 4 de enero de 2015

Duda, el muy desgraciado.

Duda. Cada vez que vuelve se pregunta cómo sería todo si hubiera continuado, si nunca hubiera cometido el error de llamarla para terminar todo, si definitivamente hubiera decidido amarla y dejarse amar —querer y cuidar—, y por último, hacer oficial algo que todo su entorno sospechaba, y darle la razón a la madre de ella y decepcionar a la suya con un matrimonio más que conveniente en términos sentimentales. ¡¿Cómo diablos sería todo?!

     Alguna vez la ve y muchas veces en la ciudad donde estudia, a solas en su apartamento de universitario, visita el perfil que ella tiene en FB. Le puede la nostalgia: viendo las fotos, la recuerda tan perfecta como era —desnuda, paseando por la casa que tenían sus padres en una buena urbanización—. Y una vez que tan solo un recuerdo llega a su mente, llegan todos. La lectura insomne que le dedicaba con su dicción terrible. Las escapadas a la playa y a los campos que rodean la ciudad. Los mensajes de texto, las notas y los pequeños regalos que su secretaria llevaba y traía. El más mínimo detalle que la hacía —y la hace— única e irrepetible, en cuanto a historia.

    Duda. No sabe si todavía, después de tres años, tiene el derecho de buscarla y volverle a decir, porque es verdad, que nadie lo cuida como lo hacía ella, que los días más tristes aún le hacen bien las palabras que guarda en la bandeja de entrada. Duda, el muy desgraciado.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Chiro.


Chirísimo. Ni para acolitar y sacar una tocha donde la vecina. Ni para un pitillo a tres bandas. Ni para unas patatas fritas, muy grasientas, en el chongo-bar. Ni para el bus de vuelta a casa, o el taxi de vuelta a casa, ahora que llevan taxímetro y el precio de la carrera se supone más barato, más justo. Y mucho menos, tengo dinero para los placeres caros que solía costearme. Un par de Camels de importación, quiero creer, con un par de panas, justo en el centro de la ciudad. La invitación tonta a una niña tonta, a beber algo en una cafetería refinada, muy cara y muy luminosa. Con la esperanza tonta de darle mal. El Jager que comprábamos a un contrabandista  para beber las noches frías en las que queríamos calor de las costeñas.  ¡El energizante y el cigarrillo puntual en la mañana! Tan necesario todo.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Diablahhh.

Está tan aburrido que cualquier tía le parece una opción. Desde la que escucha reggaetón y éste viernes, igual que él, no salió a recorrer la ciudad; hasta la intelectualoide que no se pierde una de todas las representaciones teatrales, muy infumables, que se hacen por aquí. Desde la insustancial enamoradiza que quiere vivir un romance de comedia romántica gringa; hasta la más indie que prefiere el mismo tipo de películas, con enredos y presentación supuestamente mejores. Desde la tipa más tranquila, muy zanahoria, que no sale nunca a la ciudad, pasando por la muy tapada, que se dice niña de casa, muy casera, y que aprovecha la mínima salida para ofrecerse y conseguir algo; hasta las descarada, muy sincera, que no tiene problema con descubrirse muy independiente y que cada finde sale, bebe un poco y no deja escapar la oportunidad de hacerse con cualquier tipo que despierte mínimamente su interés. El tipo de chica que lo tiene todo muy claro. ¡Ésa! Ésa es la man. La diablahhh.

lunes, 20 de octubre de 2014

Para que me quieras tan estúpido.


Un tabaquito, por favor. Luego de follar, por mucho que te moleste, te corte el rollo y termine de desengañarte. Mientras paseo por tu casa y el humo te desdibuja la sonrisa que te provocan las tonterías que te digo. En la terraza del departamento que compartes con malas universitarias, para dejar el rastro del Marlboro en las braguitas de todas vosotras, y las tuyas principalmente. En la cocina, cuando tú preparas cangrejos y demás mariscos o cuando yo te preparo algo de comida española. ¡Después de dar buena cuenta de nuestros platos! Acodado en la ventana de tu habitación, un domingo tan triste como todos, pensando en que pronto la voy a joder más contigo y me dejarás porque ya no te haré más gracia. Para inspirarme y explicarte una de las películas que casi te obligo a ver, para construir una bonita escena. Para alejarte un poco y por fin leer sabiendo tu presencia cercana. Para seguir escribiéndote notas tan estúpidas, que dejo en los bolsillos de tus jeans como un billete que habías dado por perdido. Para que me quieras tan estúpido, amazona mía.


[Me tendrías que haber permitido fumar.]

jueves, 25 de septiembre de 2014

Domingos tristes.



Y ya no sé si me pongo triste los domingos, sobre todo por las tardes, porque realmente los domingos son tristes o por pura costumbre. Llevo desde los cinco años, sentado frente a mi casa sin puertas, en un pueblito de la costa ecuatoriana, esperando a que llegue mi padre biológico a rescatarme de la pobreza y la puta tristeza. Aunque creo haberle dicho a mi padre, la noche que cumplí dieciocho años, que en mi jodida vida lo volvería a esperar, que ya se podía ir a la mierda con toda la figura que me faltó en mi infancia. Que a estas alturas, lo único que necesitaba de él era dinero. Y lo sigo manteniendo, pese a que muchas veces me cueste y me duela decir Acompáñame a retirar el giro de 100 dólares que me envía mi padre biológico. Digo biológico recalcándolo, como si quisiera curar toda la desesperanza con una palabra. Como tomando distancia de todas las obligaciones para con él, que se que me esperan en mi vida adulta. De ahí también deriva mi miedo a ser esposo de, padre de —sí, ya sé que no me debería preocupar todavía. Las puertas que cierran los padres casi siempre le pillan todos los dedos a los hijos. Así es que siento su gran maldición sobre mi destino y creo no equivocarme. Igual que él, no soy de ningún lado, abandoné a los amigos en un par de países y siempre quiero estar en tránsito, pensando Cuando acabe ésto me voy a mudar a otro país. Igual que él, salí de mi casa a los dieciocho y me encontré con mi peor versión. La jodí, caí en los excesos. Y así muchos más ejemplos, que me atemorizan y sé que me sucederán. La enfermedad. El destierro. La soledad absoluta. La incapacidad de resolver la vida cotidiana, nadar y no dejarme llevar por la corriente.

martes, 16 de septiembre de 2014

No es mi culpa.

   
   


    No es mi culpa, Nena. No es mi culpa que me sucedan días entre semana muy etílicos, que al amigo de turno le invadan unas ganas tremendas, nazis, de beberse la ciudad. Tampoco tengo ninguna responsabilidad en que otro amigo, o el mismo amigo capaz, sienta en sus carnes que la semana avanzó hasta el jueves, viernes o sábado, y sienta igual la obligación de celebrarlo. De celebrar que la Tierra todavía gira, supongo. No tengo ninguno poder de acción, él/ella/ellos me invitan y yo simplemente me dejo invitar y llevar. Sé que necesitan a un borracho como yo allí, a un tipo medio gracioso, a un tipo medio inteligente, a un tipo medio normal. Es una necesidad y una obligación, también. No puedo faltar. Me encuentran de repente en la facultad (de Medicina, ni más ni menos) y me arrastran. De repente ven que aparezco en el chat de FB y de una me escriben para extenderme su invitación, y buenos deseos, claro.  Y yo pocas veces —casi nunca, la verdad —, me niego. Es muy difícil para mí hacerlo. Provengo, y tú lo sabes muy bien, de una casta de buenos bebedores. De bebedores bravos y muy losers. Incapaces de llevar una vida ordenada y fructífera. Que pierden, siempre. Como te pierdo yo ahora.